CAPITULO 1: Recuerdos imprescindibles
Quizá deba sentirme prisionera, por vivir en un mundo absorbido y cerrado, por respirar el mismo aire una y otra vez, por vivir una vida que ya fue vivida anteriormente...
No quiero vivir en la monotonía de la sociedad, no quiero tener la vida que imaginaron por mi, quiero ser yo, antes, mucho antes de ser yo, quiero respirar el aire de la paz, vagar por calles verdes, mirar y no ver lo que hay, sino ver lo que no hay.
He cometido errores, de lo cuales quedaron tercas cenizas que no desean desaparecer, desconocemos quienes somos, solo meros gustos nos presentaron, querría ser árbol, agua, arena, aire, fuego, eso es vivir, ser tu.
Nací un día cualquiera que a nadie importa, mi historia será la que yo quiera que sea, y así se cumplió...
Verdes bosques me rodeaban, no existía la razón ni el porqué, todo amado ser compartía su riqueza, su amor, su felicidad, un mundo en el que no existían malos, pero ¿qué historia sería leída sin mentes perturbadas ansiando el poder? Ninguna...
Mi nombre es Ragnhild, un nombre difícil de pronunciar para gentes del sur, procedente de una bruja del norte que ayudaba a los vikingos a ganar en las batallas. Un nombre con fuerza. Escribir una historia basada en mi misma. Difícil, pero no imposible.
Todo lo que guardo en mi corta memoria.
Nací bajo la sombra cálida de un pino de Bristlecone, alto, grande y fuerte, lleno de vida, esa vida me acogió entre sus grandes ramas junto a mi madre, la primera persona que tuve el honor de conocer y admirar, por su nobleza y fortaleza. Su nombre, Sidsel.
Desde aquel atardecer, 19 de septiembre de 1991, comenzó una vida, la mía.
Mi madre tenia un don, un maravilloso don con el que me hizo crecer, me enseñó cada parte de la vida, la gente, el respeto, la vida no es un juego nena, recuerda que te quiero el doble de lo que tu a mi. Aquel pequeño cuerpo crecía y mi mente con él.
Después de mi primer año de mi vida, el cual no recuerdo absoluta y certeramente nada, nació un pequeño monstruo, adorable, un hermano, un amigo, un enemigo, un compañero de vida, Trym.
Recuerdo una envidia tímida, él me robaba la atención de mi admirada madre, yo no podía permitir eso. Bajo la mirada controladora de mi madre, Trym se hallaba protegido, pero yo estaba al acecho y es que con tan solo un año de vida, mi madre, mi maestra lo era todo para mí.
Empecé con pequeñas trastadas, esconderle sus juguetes, pellizcarle, echarle las culpas por cosas que el nunca cometió, etc.
Yo no era mala, mi madre me lo solía decir de vez en cuando, mala, mala. Yo solo protegía lo que era mío. Al ser tan pequeña los pocos instintos que tenia eran lo único que traía conmigo desde su vientre.
Y aquí me encuentro, tumbada bajo la rama de otro atardecer...
Un año de vida, y demasiados por delante.
Hubo un hombre. Eso es. Orgulloso de su vida, y del fruto de esa misma vida. Un fruto que ya había probado antes, pero jamás le supo tan bien como aquel día de septiembre.
En sus ojos se reflejaba todo y al mismo tiempo nada. Era un hombre fuerte, lleno de energía que destinaba a hacer madurar sus frutos, brindarles apoyo y protegerlos para que ningún animal los devorara. Todo un hombre. Todo un padre.
De nobleza exuberante y de gran sabiduría adquirida con los años, reflejados en cada arruga, en cada palabra. No olvidaré su malhumor ni su mano dura, pues con ellos he aprendido y no dudaré en ningún momento de su absoluta idoneidad en mi vida.
Aquellos fueron mis principios, unos principios marcados con un final, pero del cual no puedo conocer nada, ni si quiera un ligero atisbo de lo que puede llegar a ser. Pero aun así un bonito y perfecto principio.
¿Qué vueltas da la vida, no?
No creo exactamente en el destino, ni en la suerte, pero si en algo intermedio, la naturaleza. Ella hizo que existiera una química implacable entre esos dos seres. Mamá y Papá. O más conocidos como Sidsel y Manuel. Creadores de mi universo. Ejemplos a seguir.
CAPITULO 2: Primeros recuerdos de la memoria
Hoy por hoy, me dedico a construir mi vida como ellos construyeron la suya. Me gusta dibujar, sentir, pensar y ver balancear las copas de los árboles con la brisa, oler el fascinante aroma que desprende la tierra, las plantas, la razón de mi existencia después de la lluvia.
Observando el curso de la vida. No puedo crear quejas por lo que vivo, aún teniendo 17 años, no considero que mi vida sea una injusticia, no soy mas que nadie ni soy menos que alguien, pero injusta es lo único que no es la vida. Las personas sí pueden serlo.
Me han pasado muchas cosas, pero aun así me queda muchísimo camino por delante. Ríos de amargura, mares de felicidad, océanos de experiencias.
He aprendido a ganarme mis pequeños premios, mirar al frente y disfrutar de lo que tengo.
Era un día caluroso de verano, íbamos papá, yo y Trym en la enorme bicicleta de papá. Yo iba delante, por supuesto. Riéndole al viento de lo rápido que saludaba, de sentirlo impactar suavemente contra mi cara y sintiendo ese salado olor a mar.
- ¡Más deprisa papá! ¡Corre, corre!
Trym era más callado, mas cobarde, tal y como me suele decir mi padre hoy, los hombres, hija, son siempre cobardes, no te rindas y dales su merecido.
Enseñar, aprender.
La gente para mí eran tan solo rostros felices, sin nombres, sin problemas, sin límites. Todos ellos saludaban y dedicaban una ancha sonrisa. En medio de aquel paseo todo parecía cuadrar, todo encajaba, cada perro, cada grito, cada carcajada, todo tenia un sitio preciso y exacto. Ese día aprendí algo. Después de cada caída se aprende algo.
- ¡oi! exclamó mi padre.
El ruido de una piedra clavándose en la rueda delantera, y la bicicleta elevándose por atrás. Lo siguiente que sentí fue el áspero suelo frío y cortante. Las rodillas de mi hermano y mías peladas, las manos igualmente peladas y alguna que otra rascada, pero ningún llanto fuerte. A mi se me caían las lágrimas, sentía un dolor punzante en cada parte que tocó ese frío suelo y en ese preciso instante, escuché a mi hermano, levantándose del suelo y diciendo:
- No pasa nada papá, otra vez.
Aprendí de quien menos me esperaba aprender. Levántate y sigue.
Ha esa edad no eres consciente de lo que aprendes, pero hoy puedo decirlo, y recordarlo como algo positivo.
De vez en cuando, en uno de esos momentos de pura reflexión, alguna que otra tristeza que invita al pensamiento a tomar una taza de café en tu mente, tumbada en la cama imagino lo que sería volver a ser aquella niña inocente, sin saber lo grande qué es el mundo y lo grandes que pueden resultar las pequeñas cosas. Donde cada noche, me acostaba pensando en fantasías, en mundos imaginarios, etc. Pero antes te embarcar en esa aventura, solo te hacía falta escuchar el buenas noches de mamá y papá, era el billete de ida. ¿Y ahora qué? Cuando menos te lo esperas, crees que todo es mejor, y empiezas a ser consciente de lo que es la vida, aunque solo un poco, sinceramente no creo nunca se llegue a ser consciente del todo. Y te vas a la cama con una amiga fiel, la preocupación. Aquel billete de ida se ha ido encareciendo con el tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario