sábado, 31 de julio de 2010

Un motivo para la esperanza

Hay momentos que consiguen detener por un segundo tu tiempo. Donde parece que lo demás no importe, que la gente de alrededor ya no sea gente. Y los escuchas pero no importan. Donde los sonidos dejan abrirse paso en tus oídos, pero tampoco importan. Porque en ese momento nada importa. Lo único que importa es el muelle hacia tus pensamientos, la última gota que determina todo. En este caso la arena.
Un momento insignificante a la vista y a los sentidos hasta que ella interviene, se cuela por tus ojos y llega hasta la manilla que hace parar el reloj, el tiempo y da paso solo a tus propios pensamientos. Ahí me encontraba yo.
Cuando llegó estaba sentada junto a mi hermano, en una estación. Arena. Había una parcela de arena de playa junto a nosotros y entonces pensé.
Pensé en voz alta. Si fuéramos niños, aún más niños pensaría que la playa, en realidad, llegaba hasta aquí, suficientemente lejos de la auténtica playa como para sorprenderme e imaginarlo. Seguro que las casas están construidas encima de la playa y simplemente han dejado una parcela visible de arena, lejos, lejos de la playa. Y gracias a ese trocito de arena podemos saber que la playa es enorme, que vivimos encima de arena. Mi hermano dijo, me dijo: No lo pensaríamos porque ya no somos niños, y no, no lo pensaríamos ni aún siéndolo. Cosas que se saben.
Yo creo que sí, yo lo pensaría. Y estoy segura de que tú también lo harías.
Entonces nos levantamos.
Nos disponíamos a marcharnos cuando detrás escuché a un niño, podría incluso haberlo sacado de mi imaginación, pero no. Era muy real. Y el pequeño dijo: Mira papá, la playa llega hasta aquí.
Solo me hicieron falta esas palabras para sonreír. Para sentirme llena y complacida, para certificar que esos pensamientos no formaban parte de una loca imaginación. Justo en el preciso y exacto momento sucedió lo que necesitábamos. No únicamente para mi. Para todos.



Hechos reales.
Acontecimientos reales.

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